A raíz de la intervención quirúrgica del Presidente Fox ha vuelto a surgir la polémica sobre la necesidad de cambiar nuestra forma de gobierno.
El reconocido jurista Ignacio Burgoa sostuvo que Fox debió de haber pedido licencia al Congreso para que se designara a un Presidente interino. Otros consideraron que Fox no tenía facultades para nombrar al Secretario de Gobernación, Santiago Creel, como encargado de facto de la agenda nacional. Algunos diputados federales alzaron la voz para proponer que ya es tiempo que se introduzca en nuestro país la figura del "jefe de gabinete" o "jefe de Gobierno" para que éste supla la incapacidad o ausencia temporal del Presidente.
El debate que se ha suscitado con motivo de la operación de columna del Presidente tiene por lo menos dos aristas:
Evitar la alternancia sin elección
En primer lugar está el problema de la suplencia del Presidente en caso de ausencia temporal o definitiva.
La Constitución mexicana en vigor proscribió la figura del Vicepresidente y, en cambio, otorgó al Congreso la facultad de nombrar a un Presidente interino y convocar a elecciones extraordinarias si la ausencia ocurre durante los primeros dos años de gobierno. Si la ausencia se produce en los últimos cuatro años de gobierno, el Congreso nombra a un Presidente sustituto para que termine el mandato.
El mecanismo contemplado por nuestra Constitución para suplir la falta del Presidente parece funcionar en los casos en que la mayoría política en el Congreso coincida con la mayoría presidencial.
Pero, ¿qué sucede, como en la actualidad, cuando el partido del Presidente no tiene mayoría, lo que se conoce como una situación de gobierno dividido?
Bajo este escenario pudiera darse el caso extremo de que el Congreso designe a un Presidente interino o sustituto de un partido contrario al del Presidente. Sin necesidad de tener que consultar a los electores, los legisladores tendrían la facultad de cambiar al partido en el poder. La alternancia en el Gobierno se daría sin que existiera una elección de por medio.
Las soluciones a este inconveniente pueden ser de varios tipos. Por un lado, que se reintroduzca la figura del Vicepresidente; por el otro, como propuso el PAN, que en caso de gobierno dividido, se obligue al Congreso a designar a un Presidente interino o sustituto del mismo partido que el Presidente que fallece o se ausenta.
La solución que me parece más democrática sería dejar que los electores decidan y que el Congreso se limite a convocar a elecciones extraordinarias sin importar en qué momento ocurra la ausencia presidencial.
Asegurar la gobernabilidad
La segunda vertiente del debate tiene que ver con la necesidad de hacer más eficiente nuestra forma de gobierno.
El presidencialismo funcionó porque a lo largo de la mayor parte del Siglo 20 el partido del Presidente controló el Congreso. El problema surge con motivo de las elecciones de 1997 y del 2000, a raíz de las cuales la mayoría legislativa no coincide con la mayoría presidencial.
De cara a las elecciones del próximo 6 de julio, el Presidente está obligado a ganar la mayoría en la Cámara de Diputados si quiere que el sistema presidencial vuelva a funcionar.
¿Qué sucedería si el partido del Presidente no logra ganar la mayoría de la Cámara de Diputados? México entraría en una peligrosa ruta hacia el estancamiento.
Para resolverla, el Presidente tendría que echar mano de una serie de recursos metaconstitucionales como conformar una mayoría legislativa mediante un gobierno de coalición, o convocar, por enésima ocasión, a la clase política a firmar la versión mexicana del "pacto de la Moncloa" a fin de modificar la Constitución y consolidar nuestra incipiente democracia.
Aquí es donde se inscribe la propuesta de avanzar hacia un régimen semipresidencial mediante la introducción de la figura del jefe de gabinete o jefe de Gobierno. Este haría las veces de un Primer Ministro, y sería nombrado por el Presidente con una duración de tres años de acuerdo a la mayoría que prevalezca en la Cámara de Diputados.
Si la mayoría de la Cámara de Diputados coincide con la mayoría presidencial, el jefe de gabinete sería nombrado de entre un miembro del partido político del Presidente. Cuando la mayoría de la Cámara de Diputados sea opuesta a la mayoría presidencial, el Presidente tendría la posibilidad de nombrar a un jefe de gabinete del partido opositor, una especie de "cohabitación" a la mexicana.
Si ningún partido tiene la mayoría, como es el caso en la actualidad, el Presidente haría un llamado a los partidos representados en la Cámara de Diputados para conformar un gobierno de coalición. El jefe de gabinete propuesto por el Presidente tendría como misión respaldar los acuerdos que garanticen la buena marcha del País.
Con la introducción del jefe de gabinete nuestra forma de gobierno funcionaría de acuerdo a dos modalidades: presidencial, cuando el partido del Presidente tenga la mayoría del Congreso; o semipresidencial, con un activo papel del jefe de gobierno, en caso de un gobierno dividido.
La figura del jefe de gabinete introduciría en nuestro sistema presidencial un mecanismo institucional para que nuestra clase política alcance los acuerdos necesarios que aseguren la gobernabilidad del País. Un jefe de gabinete liberaría la agenda presidencial del trabajo operativo, permitiendo que el Presidente se enfoque en los asuntos estratégicos.
(Este artículo apareció publicado en el periódico El Norte -16-03-03)
domingo, 16 de marzo de 2003
lunes, 3 de marzo de 2003
Otro referéndum al viejo PRI
Ya parece un lugar común escuchar a asesores estadounidenses y latinoamericanos quejarse del bajo nivel de nuestro marketing político.
La explicación más sencilla a este subdesarrollo mercadológico se encuentra en el pluralismo político limitado que dominó la escena electoral durante el régimen autoritario.
Las primera contienda realmente competida a nivel nacional fue la elección federal del 97, año en el que, gracias a las reformas electorales del 96, los partidos de oposición dispusieron de recursos suficientes para tener acceso a los medios de comunicación.
Bajo la supervisión de Carlos Castillo Peraza, el PAN realizó en el 97, una de las mejoras campañas de las que se tengan memoria en México. La campaña a favor del cambio caricaturizó, bajo el estilo neorrealista de “Z Producciones”, el universo autoritario del PRI con comerciales en blanco y negro de un minuto de duración.
La mayoría de los comerciales de esta serie son memorables, como el de los reclusos que se rebelan en contra de sus carceleros por no haberles servido; el de los diputados que levantan el dedo al son de los balidos de las ovejas; el del partido de fútbol en el que los ciudadanos pierden contra las chapuzas de los mismos de siempre; o aquel del discurso populista que prometía una vida digna a los habitantes de las zonas marginadas.
Mientras esto sucedía con la publicidad del PAN, el PRI se olvidó de la crisis económica y la inconformidad manifiesta de los ciudadanos, y puso en marcha una campaña optimista y armoniosa, en el más puro estilo de “Good Morning America” de Ronald Reagan, bajo el lema “Porque México eres tú, México es primero”.
La campaña a favor del cambio, aunado al error en el mensaje de la campaña del PRI, capitalizó el descontento de los electores como consecuencia de la crisis económica del 94-95 y produjo que el PRI perdiera, por primera vez en su historia, la mayoría de la Cámara de Diputados.
La campaña presidencial de la Alianza por el Cambio en el 2000 tuvo éxito porque logra personalizar el mensaje de cambio en el liderazgo y en la figura de Vicente Fox.
Se equivoca James Carville -el gurú que llevó al triunfo a Clinton en el 92-, cuando declara que el error de Labastida fue haber abandonado el mensaje del nuevo PRI. El error radicó, justamente, en la estrategia de campaña temática que le diseñó el mismo Carville prometiendo “inglés y computación en las escuelas, y médicos para las mujeres embarazadas”, mensajes que no fueron relevantes frente a la campaña de Fox que planteaba un solo gran tema: ¡Sacar al PRI de Los Pinos!
A Carville se le olvidó que, más allá de las propuestas temáticas, o de la oferta de un nuevo PRI, los electores votan por estilos de liderazgo, y, en este sentido, el liderazgo de Fox (el hombre Marlboro), se impuso frente al liderazgo burocrático y gris de Labastida (“me has dicho mariquita, me dijiste mandilón…”).
Un punto interesante a destacar es que el enfoque del marketing sudamericano que impulsaron Jorge G. Castañeda y Adolfo Aguilar Zínser para la campaña de Fox, con base en el referéndum de Chile del 88 y en la campaña argentina de De la Rúa del 99, fue más efectivo que el enfoque temático que aplicaron los asesores estadounidenses James Carville y Stanley Greenberg para Labastida.
Así las cosas, todo indicaba que con la desaparición del viejo régimen, el marketing político mexicano estaría libre de ataduras y daría, por fin, nacimiento a campañas y mensajes que se enfocaran a atender las verdaderas necesidades de los electores.
Pero al parecer, según las campañas locales más recientes (2001-2002), y el inicio de las campañas nacionales rumbo al 6 de julio del 2003, seguimos atrapados entre los paradigmas publicitarios del viejo régimen y el atorón de la transición hacia uno nuevo.
El PAN ha decidido mantener la estrategia publicitaria del 2000, y hacer de las próximas elecciones federales otro referéndum al viejo PRI. Para este fin ha emprendido una cruzada bajo el lema “ayúdanos a quitarle el freno al cambio”.
El riesgo de este enfoque es pensar que se puede repetir la misma estrategia y la misma lógica de voto en dos elecciones de naturaleza y dimensiones diferentes, cuando los electores ya dieron por descontado el voto de castigo en contra del PRI, y ahora esperan del cambio un mensaje diferente.
El mensaje nacional que echó a andar para estos comicios el PRI, trata de recordarle a la población que, al menos con él, a pesar de la corrupción y de todos los demás excesos del autoritarismo, se vivía mejor porque “el PRI sí tiene experiencia para gobernar”.
La limitante de esta estrategia, como escribió Jacques Séguéla, es que los electores siempre votan por el futuro, nunca por regresar al pasado. Bajo esta lógica, al emprender la defensa del autoritarismo, la campaña del PRI cae en la trampa de la polarización a favor del cambio.
¿Dónde está la visión alternativa del PRI al proyecto de cambio foxista? ¿Dónde los beneficios para los electores?
Al no haber una propuesta y un mensaje claros de futuro, y al no existir una conexión emocional de la clase política -tanto del PAN como del PRI-, con las verdaderas necesidades de los electores, las campañas políticas en el post-autoritarismo están cayendo en una peligrosa dosis de negatividad.
En algunas elecciones municipales he llegado a contar una proporción hasta de un ochenta por ciento de comerciales negativos frente a veinte por ciento de positivos, cifra muy por encima de la relación 50/50 que identificó Shanto Iyengar en California, estado campeón de las campañas negativas. La dosis de negatividad de las campañas mexicanas está más propensa a la patología que a la normalidad.
Tendremos que esperar a que se desatore el atorón mexicano y a que se resuelva la falta de consenso de las élites en torno a la visión del país que queremos, para que se resuelva, también, la crisis de nuestro marketing político.
Lograrlo supone superar la nostalgia por el pasado priísta y la ilusión en torno a un cambio providencial que nunca llegará. Entonces encontraremos la verdadera sintonía emocional con los electores.
La explicación más sencilla a este subdesarrollo mercadológico se encuentra en el pluralismo político limitado que dominó la escena electoral durante el régimen autoritario.
Las primera contienda realmente competida a nivel nacional fue la elección federal del 97, año en el que, gracias a las reformas electorales del 96, los partidos de oposición dispusieron de recursos suficientes para tener acceso a los medios de comunicación.
Bajo la supervisión de Carlos Castillo Peraza, el PAN realizó en el 97, una de las mejoras campañas de las que se tengan memoria en México. La campaña a favor del cambio caricaturizó, bajo el estilo neorrealista de “Z Producciones”, el universo autoritario del PRI con comerciales en blanco y negro de un minuto de duración.
La mayoría de los comerciales de esta serie son memorables, como el de los reclusos que se rebelan en contra de sus carceleros por no haberles servido; el de los diputados que levantan el dedo al son de los balidos de las ovejas; el del partido de fútbol en el que los ciudadanos pierden contra las chapuzas de los mismos de siempre; o aquel del discurso populista que prometía una vida digna a los habitantes de las zonas marginadas.
Mientras esto sucedía con la publicidad del PAN, el PRI se olvidó de la crisis económica y la inconformidad manifiesta de los ciudadanos, y puso en marcha una campaña optimista y armoniosa, en el más puro estilo de “Good Morning America” de Ronald Reagan, bajo el lema “Porque México eres tú, México es primero”.
La campaña a favor del cambio, aunado al error en el mensaje de la campaña del PRI, capitalizó el descontento de los electores como consecuencia de la crisis económica del 94-95 y produjo que el PRI perdiera, por primera vez en su historia, la mayoría de la Cámara de Diputados.
La campaña presidencial de la Alianza por el Cambio en el 2000 tuvo éxito porque logra personalizar el mensaje de cambio en el liderazgo y en la figura de Vicente Fox.
Se equivoca James Carville -el gurú que llevó al triunfo a Clinton en el 92-, cuando declara que el error de Labastida fue haber abandonado el mensaje del nuevo PRI. El error radicó, justamente, en la estrategia de campaña temática que le diseñó el mismo Carville prometiendo “inglés y computación en las escuelas, y médicos para las mujeres embarazadas”, mensajes que no fueron relevantes frente a la campaña de Fox que planteaba un solo gran tema: ¡Sacar al PRI de Los Pinos!
A Carville se le olvidó que, más allá de las propuestas temáticas, o de la oferta de un nuevo PRI, los electores votan por estilos de liderazgo, y, en este sentido, el liderazgo de Fox (el hombre Marlboro), se impuso frente al liderazgo burocrático y gris de Labastida (“me has dicho mariquita, me dijiste mandilón…”).
Un punto interesante a destacar es que el enfoque del marketing sudamericano que impulsaron Jorge G. Castañeda y Adolfo Aguilar Zínser para la campaña de Fox, con base en el referéndum de Chile del 88 y en la campaña argentina de De la Rúa del 99, fue más efectivo que el enfoque temático que aplicaron los asesores estadounidenses James Carville y Stanley Greenberg para Labastida.
Así las cosas, todo indicaba que con la desaparición del viejo régimen, el marketing político mexicano estaría libre de ataduras y daría, por fin, nacimiento a campañas y mensajes que se enfocaran a atender las verdaderas necesidades de los electores.
Pero al parecer, según las campañas locales más recientes (2001-2002), y el inicio de las campañas nacionales rumbo al 6 de julio del 2003, seguimos atrapados entre los paradigmas publicitarios del viejo régimen y el atorón de la transición hacia uno nuevo.
El PAN ha decidido mantener la estrategia publicitaria del 2000, y hacer de las próximas elecciones federales otro referéndum al viejo PRI. Para este fin ha emprendido una cruzada bajo el lema “ayúdanos a quitarle el freno al cambio”.
El riesgo de este enfoque es pensar que se puede repetir la misma estrategia y la misma lógica de voto en dos elecciones de naturaleza y dimensiones diferentes, cuando los electores ya dieron por descontado el voto de castigo en contra del PRI, y ahora esperan del cambio un mensaje diferente.
El mensaje nacional que echó a andar para estos comicios el PRI, trata de recordarle a la población que, al menos con él, a pesar de la corrupción y de todos los demás excesos del autoritarismo, se vivía mejor porque “el PRI sí tiene experiencia para gobernar”.
La limitante de esta estrategia, como escribió Jacques Séguéla, es que los electores siempre votan por el futuro, nunca por regresar al pasado. Bajo esta lógica, al emprender la defensa del autoritarismo, la campaña del PRI cae en la trampa de la polarización a favor del cambio.
¿Dónde está la visión alternativa del PRI al proyecto de cambio foxista? ¿Dónde los beneficios para los electores?
Al no haber una propuesta y un mensaje claros de futuro, y al no existir una conexión emocional de la clase política -tanto del PAN como del PRI-, con las verdaderas necesidades de los electores, las campañas políticas en el post-autoritarismo están cayendo en una peligrosa dosis de negatividad.
En algunas elecciones municipales he llegado a contar una proporción hasta de un ochenta por ciento de comerciales negativos frente a veinte por ciento de positivos, cifra muy por encima de la relación 50/50 que identificó Shanto Iyengar en California, estado campeón de las campañas negativas. La dosis de negatividad de las campañas mexicanas está más propensa a la patología que a la normalidad.
Tendremos que esperar a que se desatore el atorón mexicano y a que se resuelva la falta de consenso de las élites en torno a la visión del país que queremos, para que se resuelva, también, la crisis de nuestro marketing político.
Lograrlo supone superar la nostalgia por el pasado priísta y la ilusión en torno a un cambio providencial que nunca llegará. Entonces encontraremos la verdadera sintonía emocional con los electores.
domingo, 25 de noviembre de 2001
PRI: ¿Renovación o retroceso?
Después del 2 de julio el PRI se enfrentaba, por lo menos, a cuatro escenarios probables: extinción, ruptura, restauración y, en el más optimista, refundación.
En diciembre del 2000, el PRI llegó a su punto más bajo de popularidad, con sólo 22 por ciento de intención de voto a nivel nacional. Para julio de este año, contra todos los pronósticos, el PRI comienza a recuperar los niveles de votación que tenía a mediados de 1999, y que lo mantienen, hoy, en un promedio de alrededor del 43 por ciento de la intención de voto, frente a un 36 por ciento del PAN y 21 por ciento del PRD.
La base de esta recuperación, sin embargo, puede ser engañosa, pues no radica en el desarrollo de nuevas ventajas competitivas propias, sino en la desaparición de la principal ventaja competitiva del PAN, que consiste en la pérdida del "efecto Fox", como consecuencia de los errores de gobierno, la crisis económica y la intención de gravar con IVA a los alimentos y medicinas.
¿Cambio de partido o cambios en el partido? La XVIII Asamblea introdujo cambios en el funcionamiento del PRI. Ahora se trata de saber si los cambios efectuados representan para el PRI la adquisición de ventajas competitivas duraderas frente a los electores, o si se trata, sólo, de ventajas competitivas temporales, que, por lo tanto, son susceptibles de desvanecerse en el corto plazo.
Recordemos que en noviembre del 99, después de las elecciones primarias para elegir al candidato a la Presidencia de la República, el "nuevo PRI" contaba con el 52 por ciento de la intención del voto. En sólo cuatro meses, de enero a finales de abril, después del primer debate presidencial, la imagen del "nuevo PRI" se derrumbó y la intención del voto cayó a 36 por ciento para ya no moverse hasta el 2 de julio.
Bajo esta óptica, los resultados de la Asamblea son paradójicos: si bien algunas reformas apuntan hacia la democratización y apertura del PRI, otras lo alejan de la sociedad, al mantener intacto el "coto privado" de la tradicional clase política.
En el primer grupo de reformas se encuentran la apertura del 50 por ciento de las candidaturas a las mujeres y el 30 por ciento a los jóvenes, también el apoyo a las alianzas y a las candidaturas comunes, la descentralización de la mitad del financiamiento público nacional a los comités estatales y la elección del presidente nacional del PRI por el voto de las bases.
En el otro extremo se encuentran las reformas que mantienen cerrada la estructura partidista, como el mantenimiento de los candados para ser candidato a Gobernador o Presidente (contar con diez años de militancia y haber ocupado un puesto de elección popular), y el nuevo candado que impide a los dirigentes del PRI ocupar un cargo de elección.
Estas contradicciones nos llevan a pensar que la XVIII Asamblea fue más de carácter electivo que deliberativo: la preocupación fundamental de la mayoría de los delegados no fue tanto refundar al PRI, sino cambiar a su dirigencia.
¿Cambio de líder o de organización? Al fijar las reglas y el día para la renovación de la dirigencia, da la impresión que los delegados creyeron más efectivo apostarle a un cambio de liderazgo que dejar sentadas las bases para la democratización real del PRI.
En la XVIII Asamblea, la visión de los delegados madracistas se impuso sobre la de los labastidistas. Esto puede representar la esperanza de un cambio dentro del PRI. Pero no hay que olvidar que un cambio de líder no necesariamente es sinónimo de democratización. La ventaja competitiva que se podría adquirir con una nueva dirigencia puede ser temporal y desvanecerse en el corto plazo, si al mismo tiempo no se acompaña de una verdadera transformación de la estructura partidista.
De todos los cambios efectuados, o que se pudieran efectuar al PRI en el futuro, el único que le otorga una ventaja competitiva duradera, capaz de asegurar su éxito electoral y su supervivencia como partido, es el de su verdadera y genuina democratización.
El mea culpa (pedir perdón y una nueva oportunidad de gobernar) no es sinónimo de democratización: el primero es un truco publicitario, cada vez menos efectivo y de efectos pasajeros; la democratización, por el contrario, es la única transformación duradera.
En diciembre del 2000, el PRI llegó a su punto más bajo de popularidad, con sólo 22 por ciento de intención de voto a nivel nacional. Para julio de este año, contra todos los pronósticos, el PRI comienza a recuperar los niveles de votación que tenía a mediados de 1999, y que lo mantienen, hoy, en un promedio de alrededor del 43 por ciento de la intención de voto, frente a un 36 por ciento del PAN y 21 por ciento del PRD.
La base de esta recuperación, sin embargo, puede ser engañosa, pues no radica en el desarrollo de nuevas ventajas competitivas propias, sino en la desaparición de la principal ventaja competitiva del PAN, que consiste en la pérdida del "efecto Fox", como consecuencia de los errores de gobierno, la crisis económica y la intención de gravar con IVA a los alimentos y medicinas.
¿Cambio de partido o cambios en el partido? La XVIII Asamblea introdujo cambios en el funcionamiento del PRI. Ahora se trata de saber si los cambios efectuados representan para el PRI la adquisición de ventajas competitivas duraderas frente a los electores, o si se trata, sólo, de ventajas competitivas temporales, que, por lo tanto, son susceptibles de desvanecerse en el corto plazo.
Recordemos que en noviembre del 99, después de las elecciones primarias para elegir al candidato a la Presidencia de la República, el "nuevo PRI" contaba con el 52 por ciento de la intención del voto. En sólo cuatro meses, de enero a finales de abril, después del primer debate presidencial, la imagen del "nuevo PRI" se derrumbó y la intención del voto cayó a 36 por ciento para ya no moverse hasta el 2 de julio.
Bajo esta óptica, los resultados de la Asamblea son paradójicos: si bien algunas reformas apuntan hacia la democratización y apertura del PRI, otras lo alejan de la sociedad, al mantener intacto el "coto privado" de la tradicional clase política.
En el primer grupo de reformas se encuentran la apertura del 50 por ciento de las candidaturas a las mujeres y el 30 por ciento a los jóvenes, también el apoyo a las alianzas y a las candidaturas comunes, la descentralización de la mitad del financiamiento público nacional a los comités estatales y la elección del presidente nacional del PRI por el voto de las bases.
En el otro extremo se encuentran las reformas que mantienen cerrada la estructura partidista, como el mantenimiento de los candados para ser candidato a Gobernador o Presidente (contar con diez años de militancia y haber ocupado un puesto de elección popular), y el nuevo candado que impide a los dirigentes del PRI ocupar un cargo de elección.
Estas contradicciones nos llevan a pensar que la XVIII Asamblea fue más de carácter electivo que deliberativo: la preocupación fundamental de la mayoría de los delegados no fue tanto refundar al PRI, sino cambiar a su dirigencia.
¿Cambio de líder o de organización? Al fijar las reglas y el día para la renovación de la dirigencia, da la impresión que los delegados creyeron más efectivo apostarle a un cambio de liderazgo que dejar sentadas las bases para la democratización real del PRI.
En la XVIII Asamblea, la visión de los delegados madracistas se impuso sobre la de los labastidistas. Esto puede representar la esperanza de un cambio dentro del PRI. Pero no hay que olvidar que un cambio de líder no necesariamente es sinónimo de democratización. La ventaja competitiva que se podría adquirir con una nueva dirigencia puede ser temporal y desvanecerse en el corto plazo, si al mismo tiempo no se acompaña de una verdadera transformación de la estructura partidista.
De todos los cambios efectuados, o que se pudieran efectuar al PRI en el futuro, el único que le otorga una ventaja competitiva duradera, capaz de asegurar su éxito electoral y su supervivencia como partido, es el de su verdadera y genuina democratización.
El mea culpa (pedir perdón y una nueva oportunidad de gobernar) no es sinónimo de democratización: el primero es un truco publicitario, cada vez menos efectivo y de efectos pasajeros; la democratización, por el contrario, es la única transformación duradera.
lunes, 17 de septiembre de 2001
Estrategias para salir del “atorón”
México está en declive. Lo estamos no sólo en el terreno económico sino también en el político.
Después de la salida del PRI de Los Pinos, lo que debió ser un intenso periodo de transición institucional hacia la democracia y de reformas estratégicas en lo económico, se ha convertido en una triste “transición atorada” (Fox dixit) y en un preocupante impasse en las reformas económicas.
Nuestra clase política lleva tres años discutiendo sin una agenda ni una estrategia claras para establecer la visión del país que necesitamos para el siglo XXI.
Ante la ausencia de una verdadera agenda nacional, se ha impuesto la agenda electoral como tema prioritario de reflexión.
El deterioro del status quo ha sido devastador para el PAN en su desempeño eleccionario. El malestar en las economías familiares, la amenaza de gravar con IVA los alimentos y las medicinas, y la percepción de su incapacidad e inexperiencia para gobernar, han abierto sendas brechas por donde se han fugado los votos que capturaron en el 2000.
Los factores que apuntalan la recuperación del PRI son los mismos que han minado las fortalezas del PAN, pero aquí –ventaja opositora obliga- han jugado inversamente a su favor: su oposición al aumento de impuestos y a las privatizaciones de PEMEX y la CFE, aunado a la percepción de contar con una mayor experiencia y capacidad para gobernar, le han hecho marcar puntos importantes frente a los electores.
El PAN ha perdido su posicionamiento en los temas de economía, capacidad gerencial y cambio, mientras que el PRI se ha recuperado en base a los temas de experiencia para gobernar y defensa de la economía familiar al oponerse al aumento de impuestos.
El PRD, al igual que el PRI, se ha fortalecido en base a la crítica al desempeño económico del gobierno federal, con una particularidad, ha jugado a diferenciarse, tanto del PAN como del PRI, apostándole a una tercera vía que tiene a Andrés Manuel López Obrador como su principal exponente y que se ha posicionado en el Distrito Federal con los temas de política social, la llamada “revolución blanca” que consiste en apoyos económicos a la tercera edad, pero también capacidad gerencial mediante la construcción de grandes obras viales y el rescate del Centro Histórico, y el diseño de una política de seguridad en base al programa “cero tolerancia”, con la asesoría de Rudolph Giuliani.
En este juego de escenarios de suma cero ninguno de los actores gana en el mediano o largo plazo, pues al atrincherarse en la defensa de sus intereses particulares, se está minando la viabilidad del país en el futuro.
En la medida en que la agenda electoral prevalezca sobre la agenda nacional, ninguno de los actores se aventurará a asumir el costo de las decisiones de las reformas institucional y económica por temor a ser castigado por los electores.
Un callejón sin salida
El error estratégico de Fox fue haberle fijado al Congreso la agenda de la reforma fiscal y la apertura del sector eléctrico sin antes generar los acuerdos políticos que les dieran sustento.
Lejos de ello, abrió un frente de ataque al PRI con el tema del Pemexgate que lo único que hizo fue polarizar las posiciones y echar abajo su capacidad negociadora. La alianza con el PRD tampoco le fructificó por la oposición ideológica de la izquierda a gravar con IVA los alimentos y medicinas, y a privatizar la CFE.
Después de la debacle electoral del 2003, en la que el PAN perdió a la mitad de sus electores, Fox corrigió el enfoque de su administración al supeditar las reformas estructurales a los acuerdos políticos, para lo cual puso en marcha una política de distensión con el PRI, que, a raíz de las elecciones legislativas, se convirtió en la principal fuerza política del país.
Fox pudo haber utilizado algunas otras tácticas para generar los acuerdos políticos con la oposición, como conformar un gobierno de coalición tanto con el PRI, como con el PRD. Pero lejos de ello, en la recomposición de su gabinete inmediatamente después de las elecciones, fortaleció la posición del PAN.
Otra táctica pudo haber sido la convocatoria al “Pacto de Chapultepec” que enarboló durante su campaña presidencial, y que seguramente no hizo por el precedente del 2001 en el que, a instancias de Santiago Creel, convocó a un acuerdo político nacional que se quedó guardado en el tintero, y, tal vez, para evitar generar expectativas que posiblemente no podría cumplir.
El principal eje de negociación que ha elegido el gobierno de Fox es llegar a un acuerdo con los presidentes de los grupos parlamentarios tanto del PRI como del PRD en la Cámara de Diputados, Elba Esther Gordillo y Pablo Gómez, para que ellos, a su vez, lo impongan a sus respectivos grupos parlamentarios.
Esta estrategia de negociación cupular, sin embargo, enfrenta el riesgo de generar divisiones al interior tanto del PRI como del PRD al no poder superar la oposición de los sectores duros.
La luz al final de túnel en el escenario de negociación nacional no se ve muy clara.
Desatorar el atorón
Más allá del contexto de negociación nacional, una estrategia que se ha estado abriendo paso, al principio con la oposición presidencial, pero luego con su apoyo, y podría convertirse en la salida al atorón institucional entre los Poderes Ejecutivo y Legislativo federales, es la llamada Conferencia Nacional de Gobernadores (CONAGO).
La CONAGO se ha convertido no sólo en la caja de resonancia de las reformas económicas y fiscales que tanto había buscado Fox para impulsar su proyecto de gobierno, pues los gobiernos estatales enfrentan los mismos problemas de restricciones presupuestales que el gobierno federal, sino que ha abierto en el país una importante vía de negociación y de cambio desde la periferia que podría ser una pieza clave para destrabar el atorón en las instituciones del poder central.
Lo paradójico de esta situación es que a diferencia del Pacto de la Moncloa, que congregó en España a las principales fuerzas políticas en la sede del Palacio de Gobierno en 1977 para acordar la transición, en México el pacto de transición, sin saberlo, se podría estar gestando a partir de la periferia, a instancias de la CONAGO. Algo similar a lo que ocurrió con la revolución del sufragio en México que se gestó primero en los municipios y en los estados, para de ahí emprender su larga marcha hacia Los Pinos.
De esta forma, nuestra transición democrática tomaría una ruta más larga que la transición española, pues tomaría la forma de un “pacto federal” a través de la llamada Convención Nacional Hacendaria, que arrancaría sus trabajos el 5 de febrero del 2004, justo en el aniversario de nuestras Constituciones de 1917 y 1857.
Nuestra transición no sería jacobina o centralista, como muchas de las transiciones europeas, sino girondina o federalista, como la de los Estados Unidos. Es claro que los acuerdos de la CONAGO a través de la Convención Nacional Hacendaria no tienen un carácter obligatorio para los Poderes de la Unión, pero lo importante es que esta instancia de negociación genere una dinámica tal que involucre a los Poderes de la Unión, y si los gobernadores de todos los partidos están dispuestos a asumir los costos de las reformas institucionales y económicas, los legisladores decidan también compartir esta responsabilidad.
El éxito de los trabajos de la CONAGO y el apoyo que le ha dado, de última hora el Presidente Fox, pueden ayudar a que la clase política nacional deje a un lado la agenda electoral, que es siempre de corto plazo, y haga suya una agenda nacional que nos ayude a construir la visión del México que necesitamos en el siglo XXI.
Para salvar a México del declive tenemos que abandonar las visiones de corto plazo para impulsar reformas estratégicas sólidas de largo alcance.
Después de la salida del PRI de Los Pinos, lo que debió ser un intenso periodo de transición institucional hacia la democracia y de reformas estratégicas en lo económico, se ha convertido en una triste “transición atorada” (Fox dixit) y en un preocupante impasse en las reformas económicas.
Nuestra clase política lleva tres años discutiendo sin una agenda ni una estrategia claras para establecer la visión del país que necesitamos para el siglo XXI.
Ante la ausencia de una verdadera agenda nacional, se ha impuesto la agenda electoral como tema prioritario de reflexión.
El deterioro del status quo ha sido devastador para el PAN en su desempeño eleccionario. El malestar en las economías familiares, la amenaza de gravar con IVA los alimentos y las medicinas, y la percepción de su incapacidad e inexperiencia para gobernar, han abierto sendas brechas por donde se han fugado los votos que capturaron en el 2000.
Los factores que apuntalan la recuperación del PRI son los mismos que han minado las fortalezas del PAN, pero aquí –ventaja opositora obliga- han jugado inversamente a su favor: su oposición al aumento de impuestos y a las privatizaciones de PEMEX y la CFE, aunado a la percepción de contar con una mayor experiencia y capacidad para gobernar, le han hecho marcar puntos importantes frente a los electores.
El PAN ha perdido su posicionamiento en los temas de economía, capacidad gerencial y cambio, mientras que el PRI se ha recuperado en base a los temas de experiencia para gobernar y defensa de la economía familiar al oponerse al aumento de impuestos.
El PRD, al igual que el PRI, se ha fortalecido en base a la crítica al desempeño económico del gobierno federal, con una particularidad, ha jugado a diferenciarse, tanto del PAN como del PRI, apostándole a una tercera vía que tiene a Andrés Manuel López Obrador como su principal exponente y que se ha posicionado en el Distrito Federal con los temas de política social, la llamada “revolución blanca” que consiste en apoyos económicos a la tercera edad, pero también capacidad gerencial mediante la construcción de grandes obras viales y el rescate del Centro Histórico, y el diseño de una política de seguridad en base al programa “cero tolerancia”, con la asesoría de Rudolph Giuliani.
En este juego de escenarios de suma cero ninguno de los actores gana en el mediano o largo plazo, pues al atrincherarse en la defensa de sus intereses particulares, se está minando la viabilidad del país en el futuro.
En la medida en que la agenda electoral prevalezca sobre la agenda nacional, ninguno de los actores se aventurará a asumir el costo de las decisiones de las reformas institucional y económica por temor a ser castigado por los electores.
Un callejón sin salida
El error estratégico de Fox fue haberle fijado al Congreso la agenda de la reforma fiscal y la apertura del sector eléctrico sin antes generar los acuerdos políticos que les dieran sustento.
Lejos de ello, abrió un frente de ataque al PRI con el tema del Pemexgate que lo único que hizo fue polarizar las posiciones y echar abajo su capacidad negociadora. La alianza con el PRD tampoco le fructificó por la oposición ideológica de la izquierda a gravar con IVA los alimentos y medicinas, y a privatizar la CFE.
Después de la debacle electoral del 2003, en la que el PAN perdió a la mitad de sus electores, Fox corrigió el enfoque de su administración al supeditar las reformas estructurales a los acuerdos políticos, para lo cual puso en marcha una política de distensión con el PRI, que, a raíz de las elecciones legislativas, se convirtió en la principal fuerza política del país.
Fox pudo haber utilizado algunas otras tácticas para generar los acuerdos políticos con la oposición, como conformar un gobierno de coalición tanto con el PRI, como con el PRD. Pero lejos de ello, en la recomposición de su gabinete inmediatamente después de las elecciones, fortaleció la posición del PAN.
Otra táctica pudo haber sido la convocatoria al “Pacto de Chapultepec” que enarboló durante su campaña presidencial, y que seguramente no hizo por el precedente del 2001 en el que, a instancias de Santiago Creel, convocó a un acuerdo político nacional que se quedó guardado en el tintero, y, tal vez, para evitar generar expectativas que posiblemente no podría cumplir.
El principal eje de negociación que ha elegido el gobierno de Fox es llegar a un acuerdo con los presidentes de los grupos parlamentarios tanto del PRI como del PRD en la Cámara de Diputados, Elba Esther Gordillo y Pablo Gómez, para que ellos, a su vez, lo impongan a sus respectivos grupos parlamentarios.
Esta estrategia de negociación cupular, sin embargo, enfrenta el riesgo de generar divisiones al interior tanto del PRI como del PRD al no poder superar la oposición de los sectores duros.
La luz al final de túnel en el escenario de negociación nacional no se ve muy clara.
Desatorar el atorón
Más allá del contexto de negociación nacional, una estrategia que se ha estado abriendo paso, al principio con la oposición presidencial, pero luego con su apoyo, y podría convertirse en la salida al atorón institucional entre los Poderes Ejecutivo y Legislativo federales, es la llamada Conferencia Nacional de Gobernadores (CONAGO).
La CONAGO se ha convertido no sólo en la caja de resonancia de las reformas económicas y fiscales que tanto había buscado Fox para impulsar su proyecto de gobierno, pues los gobiernos estatales enfrentan los mismos problemas de restricciones presupuestales que el gobierno federal, sino que ha abierto en el país una importante vía de negociación y de cambio desde la periferia que podría ser una pieza clave para destrabar el atorón en las instituciones del poder central.
Lo paradójico de esta situación es que a diferencia del Pacto de la Moncloa, que congregó en España a las principales fuerzas políticas en la sede del Palacio de Gobierno en 1977 para acordar la transición, en México el pacto de transición, sin saberlo, se podría estar gestando a partir de la periferia, a instancias de la CONAGO. Algo similar a lo que ocurrió con la revolución del sufragio en México que se gestó primero en los municipios y en los estados, para de ahí emprender su larga marcha hacia Los Pinos.
De esta forma, nuestra transición democrática tomaría una ruta más larga que la transición española, pues tomaría la forma de un “pacto federal” a través de la llamada Convención Nacional Hacendaria, que arrancaría sus trabajos el 5 de febrero del 2004, justo en el aniversario de nuestras Constituciones de 1917 y 1857.
Nuestra transición no sería jacobina o centralista, como muchas de las transiciones europeas, sino girondina o federalista, como la de los Estados Unidos. Es claro que los acuerdos de la CONAGO a través de la Convención Nacional Hacendaria no tienen un carácter obligatorio para los Poderes de la Unión, pero lo importante es que esta instancia de negociación genere una dinámica tal que involucre a los Poderes de la Unión, y si los gobernadores de todos los partidos están dispuestos a asumir los costos de las reformas institucionales y económicas, los legisladores decidan también compartir esta responsabilidad.
El éxito de los trabajos de la CONAGO y el apoyo que le ha dado, de última hora el Presidente Fox, pueden ayudar a que la clase política nacional deje a un lado la agenda electoral, que es siempre de corto plazo, y haga suya una agenda nacional que nos ayude a construir la visión del México que necesitamos en el siglo XXI.
Para salvar a México del declive tenemos que abandonar las visiones de corto plazo para impulsar reformas estratégicas sólidas de largo alcance.
miércoles, 11 de julio de 2001
¿Adiós a las urnas?
¡Claro que existen motivos para estar preocupados por el abstencionismo de las pasadas elecciones!
La Democracia se practica a través del voto. El “no voto” de las dos terceras partes de los votantes es síntoma que algo anda mal.
En las elecciones para gobernador en Baja California del 8 de julio ,se abstuvo de votar el 65% de los electores, en Tijuana el 70%. En las elecciones municipales de Chihuahua del 1 de julio, no salió a votar el del 56% , llegando a niveles del 65% en Cd. Juárez.
Las elecciones que marcan la transición democrática española -de 1977 a 1982- se caracterizaron por un muy alto nivel de participación.
¿Qué está pasando en México cuando en un año justo hemos pasado de la “revolución de los votos” al “adiós a las urnas” ?
No comparto la tesis que explica al abstencionismo como parte de la “normalidad democrática”. Tampoco creo que en nuestro caso los abstencionistas “viajen sin pagar boleto” como señal de la aprobación silenciosa de la gestión gubernamental.
Creo que los niveles tan elevados de abstencionismo llevan implícito un mensaje para los gobernantes y para todos los actores políticos en general.
Quisiera tratar de descifrar el mensaje que nos envían los no votantes a partir de una lectura de las elecciones en Chihuahua. Son varias las causas del abstencionismo. Menciono tres:
LA DESILUSION DEL CAMBIO
Desde luego que el tema de la reforma fiscal y la posibilidad de que se apruebe el 15% del IVA a los alimentos, medicinas y colegiaturas tuvo mucho que ver en el abstencionismo, particularmente entre aquellos electores que votaron por Fox en el 2000.
Si algún tema dominó las más recientes campañas del 2001 fue el IVA.
El tema se posicionó en marzo y abril con la desafortunada campaña publicitaria del gobierno federal que aseguraba que “no es cierto que con la eliminación de la tasa cero del IVA se afecte a los que menos tienen, ya que los impuestos les serán devueltos y copetados”.
Después, vinieron las protestas del 1º. de mayo. En mayo y junio, el PRI utilizó el rechazo del IVA como mensaje central de sus campañas. Así como el “cambio” y “sacar al PRI de Los Pinos” fueron los temas clave que alentaron a muchos electores a votar por Fox en la elección presidencial del 2000, en las campañas intermedias del 2001 el tema del IVA los desalentó.
Se confirma la regla de todas las democracias: ¡nadie vota por más impuestos!
En plenas campañas electorales las encuestas mostraban el rechazo de dos terceras partes de los electores al IVA. Varias encuestas nacionales revelaron que una gran parte de los electores que votaron por Fox el 2 de julio no lo hubieran hecho de haber conocido su intención de aumentar el IVA.
Lo anterior sugiere que en la mente de muchos electores el “cambio” se convirtió en sinónimo de “más impuestos”. Algunos me dirán que esto no es válido para el caso de Yucatán, ya que ahí los electores votaron por el cambio a pesar del IVA. ¡Y tienen razón! En Yucatán había motivos suficientes para movilizarse a favor del cambio: ¡poner fin a diez años de gobierno de Cervera!
En Chihuahua, por el contrario, la población ya había votado por el cambio en 1992 cuando eligieron a Francisco Barrio como gobernador. En el 2001, y a pesar de los comerciales televisivos del PAN utilizando al gobernador electo de Yucatán, Patricio Patrón Laviada, el tema del cambio no fue decisivo para movilizar a los votantes. Fue más determinante el IVA a la hora de votar o de no votar.
PRI: ASIGNATURA PENDIENTE
A pesar de que el PRI conservó muchas de sus posiciones, no se produjo el tan anhelado “renacimiento”. El abstencionismo también afectó al PRI.
El PRI conservó el poder donde era gobierno y estaba bien evaluado en materia de gestión gubernamental. Donde era oposición, como en Baja California y Cd. Juárez (con excepciones en algunos municipios de Chihuahua y Durango), no lo pudo recuperar.
Un buen porcentaje de electores que votaron por el PRI en el 2000 no lo hizo un año después. Tampoco regresaron a sus filas los electores que habían emigrado al foxismo . A pesar del IVA, una gran parte de los electores volátiles no le ha devuelto la confianza. El mensaje de estos electores es que la recuperación de la confianza no se da en “automático” por el simple efecto de los errores del PAN. Hace falta renovarse a fondo, dejar atrás el pasado y presentar proyectos de gobierno con una clara visón de futuro.
El alto porcentaje de abstención registrado en las elecciones con gobiernos panistas (Tijuana, Cd. Juárez, y en general todo Baja California) podría encontrar su explicación en esta “doble decepción”: la ausencia de cambio en los gobiernos panistas, pero, también, la falta de un proyecto alternativo del PRI.
NO A LA GUERRA SUCIA
Otro de los motivos que explican el abstencionismo en las pasadas elecciones es el abuso de las campañas negativas y de la llamada “guerra sucia”.
Un estudio de las campañas electorales en Estados Unidos reveló que la publicidad negativa llega a ocupar en ocasiones el 50% de los comerciales de una elección, y que existe una relación directa entre campañas negativas y nivel de abstencionismo.
En Chihuahua la pasión se desbordó por todas partes. Las campañas negativas de ambos bandos superaron por mucho el 50% del total de los comerciales en los momentos más álgidos de la contienda.
Las campañas negativas olvidan que, al final de cuentas, los electores votan por ellos mismos y por los beneficios que puedan obtener de los candidatos.
La lucha libre entre los políticos y los partidos no les resulta de interés: los aleja de las urnas.
El mensaje que han enviado los “no votantes” en las elecciones de julio del 2001 es una muy seria llamada de atención para los políticos de nuevo y de viejo cuño.
A nadie le conviene que en plena transición democrática el desencanto se apodere de los electores.
La Democracia se practica a través del voto. El “no voto” de las dos terceras partes de los votantes es síntoma que algo anda mal.
En las elecciones para gobernador en Baja California del 8 de julio ,se abstuvo de votar el 65% de los electores, en Tijuana el 70%. En las elecciones municipales de Chihuahua del 1 de julio, no salió a votar el del 56% , llegando a niveles del 65% en Cd. Juárez.
Las elecciones que marcan la transición democrática española -de 1977 a 1982- se caracterizaron por un muy alto nivel de participación.
¿Qué está pasando en México cuando en un año justo hemos pasado de la “revolución de los votos” al “adiós a las urnas” ?
No comparto la tesis que explica al abstencionismo como parte de la “normalidad democrática”. Tampoco creo que en nuestro caso los abstencionistas “viajen sin pagar boleto” como señal de la aprobación silenciosa de la gestión gubernamental.
Creo que los niveles tan elevados de abstencionismo llevan implícito un mensaje para los gobernantes y para todos los actores políticos en general.
Quisiera tratar de descifrar el mensaje que nos envían los no votantes a partir de una lectura de las elecciones en Chihuahua. Son varias las causas del abstencionismo. Menciono tres:
LA DESILUSION DEL CAMBIO
Desde luego que el tema de la reforma fiscal y la posibilidad de que se apruebe el 15% del IVA a los alimentos, medicinas y colegiaturas tuvo mucho que ver en el abstencionismo, particularmente entre aquellos electores que votaron por Fox en el 2000.
Si algún tema dominó las más recientes campañas del 2001 fue el IVA.
El tema se posicionó en marzo y abril con la desafortunada campaña publicitaria del gobierno federal que aseguraba que “no es cierto que con la eliminación de la tasa cero del IVA se afecte a los que menos tienen, ya que los impuestos les serán devueltos y copetados”.
Después, vinieron las protestas del 1º. de mayo. En mayo y junio, el PRI utilizó el rechazo del IVA como mensaje central de sus campañas. Así como el “cambio” y “sacar al PRI de Los Pinos” fueron los temas clave que alentaron a muchos electores a votar por Fox en la elección presidencial del 2000, en las campañas intermedias del 2001 el tema del IVA los desalentó.
Se confirma la regla de todas las democracias: ¡nadie vota por más impuestos!
En plenas campañas electorales las encuestas mostraban el rechazo de dos terceras partes de los electores al IVA. Varias encuestas nacionales revelaron que una gran parte de los electores que votaron por Fox el 2 de julio no lo hubieran hecho de haber conocido su intención de aumentar el IVA.
Lo anterior sugiere que en la mente de muchos electores el “cambio” se convirtió en sinónimo de “más impuestos”. Algunos me dirán que esto no es válido para el caso de Yucatán, ya que ahí los electores votaron por el cambio a pesar del IVA. ¡Y tienen razón! En Yucatán había motivos suficientes para movilizarse a favor del cambio: ¡poner fin a diez años de gobierno de Cervera!
En Chihuahua, por el contrario, la población ya había votado por el cambio en 1992 cuando eligieron a Francisco Barrio como gobernador. En el 2001, y a pesar de los comerciales televisivos del PAN utilizando al gobernador electo de Yucatán, Patricio Patrón Laviada, el tema del cambio no fue decisivo para movilizar a los votantes. Fue más determinante el IVA a la hora de votar o de no votar.
PRI: ASIGNATURA PENDIENTE
A pesar de que el PRI conservó muchas de sus posiciones, no se produjo el tan anhelado “renacimiento”. El abstencionismo también afectó al PRI.
El PRI conservó el poder donde era gobierno y estaba bien evaluado en materia de gestión gubernamental. Donde era oposición, como en Baja California y Cd. Juárez (con excepciones en algunos municipios de Chihuahua y Durango), no lo pudo recuperar.
Un buen porcentaje de electores que votaron por el PRI en el 2000 no lo hizo un año después. Tampoco regresaron a sus filas los electores que habían emigrado al foxismo . A pesar del IVA, una gran parte de los electores volátiles no le ha devuelto la confianza. El mensaje de estos electores es que la recuperación de la confianza no se da en “automático” por el simple efecto de los errores del PAN. Hace falta renovarse a fondo, dejar atrás el pasado y presentar proyectos de gobierno con una clara visón de futuro.
El alto porcentaje de abstención registrado en las elecciones con gobiernos panistas (Tijuana, Cd. Juárez, y en general todo Baja California) podría encontrar su explicación en esta “doble decepción”: la ausencia de cambio en los gobiernos panistas, pero, también, la falta de un proyecto alternativo del PRI.
NO A LA GUERRA SUCIA
Otro de los motivos que explican el abstencionismo en las pasadas elecciones es el abuso de las campañas negativas y de la llamada “guerra sucia”.
Un estudio de las campañas electorales en Estados Unidos reveló que la publicidad negativa llega a ocupar en ocasiones el 50% de los comerciales de una elección, y que existe una relación directa entre campañas negativas y nivel de abstencionismo.
En Chihuahua la pasión se desbordó por todas partes. Las campañas negativas de ambos bandos superaron por mucho el 50% del total de los comerciales en los momentos más álgidos de la contienda.
Las campañas negativas olvidan que, al final de cuentas, los electores votan por ellos mismos y por los beneficios que puedan obtener de los candidatos.
La lucha libre entre los políticos y los partidos no les resulta de interés: los aleja de las urnas.
El mensaje que han enviado los “no votantes” en las elecciones de julio del 2001 es una muy seria llamada de atención para los políticos de nuevo y de viejo cuño.
A nadie le conviene que en plena transición democrática el desencanto se apodere de los electores.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)